Addthis IMFE

Antología. Gervasio Sánchez

LAS SALAS MINGORANCE DEL ARCHIVO MUNICIPAL REPASAN 25 AÑOS DEL FOTOPERIODISMO DE GERVASIO SÁNCHEZ

Hasta el 22 de junio se expone esta Antología, que representa una larga travesía en numerosos escenarios bélicos y posbélicos de América Latina, Europa, Asia y África

El propio Gervasio Sánchez realizará visitas guiadas esta tarde, mañana y pasado

 12/04/2018- Las Salas Mingorance del Archivo Municipal acogen desde hoy la exposición fotográfica titulada Antología de Gervasio Sánchez. La muestra se compone de 100 fotografías, a color y en blanco y negro, que se ordenan de forma cronológica, a través de un recorrido vertebrado en cinco grandes bloques temáticos: América Latina, Balcanes, África, Vidas minadas y Desaparecidos.

 Esta exposición antológica, organizada con motivo de la concesión del Premio Nacional de Fotografía 2009 otorgado por el Ministerio de Cultura, representa una larga travesía por 25 años de trabajo en numerosos escenarios bélicos y posbélicos de América Latina, Europa, Asia y África; lugares que desvelan la crudeza de nuestro tiempo y en los que languidecen, injustamente olvidadas, las víctimas de la barbarie.

 Tal y como afirma su comisaria, Sandra Balsells, “la exposición constituye un contundente legado histórico para que en el futuro no se pueda dudar del pasado. La fructífera producción de Gervasio Sánchez supone una innegable aportación a la fotografía de reportaje y constata cómo a través de ella puede dignificarse a las víctimas retratadas con una mirada particular que enaltece los mejores valores del fotoperiodismo. La selección de fotografías de proyectos tan hirientes se convierte en un viaje a las tinieblas. Cuando el autor revisa las tiras de los negativos puede recordar qué paso antes y después de tomar la imagen. Porque los negativos supuran recuerdos, olores, silencios, ruidos, conversaciones, coacciones”.

 Esta exposición podrá ser visitada de lunes a viernes de 10.00 a 13.00 y de 17.00 a 20.00 horas; sábados, domingos y festivos de 10.00 a 13.00 horas. Además se podrán realizar visitas guiadas con el propio Gervasio Sánchez los siguientes días: jueves 12 de abril, a las 18.00 y 19.00 horas; viernes 13, a las 10.00, 11.30, 18.00 y 19.00 horas; y el sábado 14 de abril, a las 10.00 y 11.30 horas. No será necesaria una inscripción previa.

 GERVASIO SÁNCHEZ

Tal y como indica la comisaria, Sandra Balsells, “Gervasio es temperamento y pasión. Intención y empecinamiento. Inconformismo y rebeldía. Emoción y desgarro. A lo largo de su trayectoria, su obra transcurre en la fusión de estas pulsiones para ofrecernos, sin aditivos, la extensa visión de una geografía humana lacerada por la guerra, el odio, la desolación y, a la postre, olvidada en su sufrimiento. En su abultado periplo vital, Gervasio Sánchez ha sabido trascender la enseña de ‘reportero de guerra’ hacia un triple reto profesional. En primer lugar, ha reafirmado su nítida vocación y convicción de fotoperiodista independiente. Después, ha incorporado a los temas de actualidad la construcción de proyectos fotográficos de largo alcance, más reflexivos y minuciosos, que constituyen un distintivo estratégico de su obra. Y, finalmente, ha contribuido a que la fotografía documental española goce de un merecido reconocimiento como obra fotográfica intrínseca, ubicada con pleno derecho en circuitos y espacios museísticos”.

 AMÉRICA LATINA

Según palabras del propio autor, “fue en las guerras centroamericanas, las dictaduras del Cono Sur y los conflictos eternos del continente americano donde me hice fotógrafo”. Los grandes reporteros se pasearon durante los años ochenta por los conflictos latinoamericanos. Las guerras mediáticas, es decir, las que ocupaban las portadas de los medios de comunicación estadounidenses, eran las de El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Perú y Colombia, así como las dictaduras de Chile, Argentina y Panamá.

 “Mi primer viaje a América Latina duró 82 días entre el 1 de octubre y el 21 de diciembre de 1984. Viajé por México, Guatemala, Belice, El Salvador y Nicaragua. Cubrí las primeras negociaciones de paz salvadoreñas, presencié el triunfo sandinista, sentí el terror guatemalteco cuando intentaba hacer mi primer reportaje sobre los desaparecidos y quedé extasiado ante las ruinas aztecas y mayas. Mi segundo gran viaje fue a Chile y duró tres meses entre el 3 de noviembre de 1986 y el 2 de febrero de 1987. Hacía poco que se había producido el atentado contra Augusto Pinochet y el país vivía bajo Estado de Sitio y el toque de queda. Fue en Chile donde empecé a trabajar el drama de los desaparecidos y realicé un gran reportaje sobre las víctimas de la Caravana de la Muerte, el caso que muchos años después permitiría el procesamiento de Pinochet”.

 BALCANES

“El Muro de Berlín cayó en noviembre de 1989, unos días antes de que la guerrilla salvadoreña lanzase una gran ofensiva armada y meses antes de que los sandinistas perdiesen el poder en Nicaragua. Aquellos episodios formaban parte de los últimos coletazos de contiendas civiles que se habían activado en plena Guerra Fría. Los estadounidenses y los soviéticos ponían las armas y los salvadoreños, nicaragüenses, guatemaltecos u hondureños, los muertos. La década de los noventa empezó con gran optimismo. Sin tensiones entre las grandes potencias muchos soñaban con el fin de las guerras locales o regionales. Pero la desintegración de la Unión Soviética y las desavenencias en la antigua Yugoslavia provocaron el inicio de múltiples conflictos con miles de muertos y desaparecidos y millones de refugiados.

 La guerra de Eslovenia apenas duró diez días. Pero en Croacia los combates fueron muy virulentos. Aquello era un auténtico matadero de inocentes. Aunque era muy fácil llegar hasta el mismo frente bélico si accedías por el lado croata, nunca me sentí cómodo en aquel conflicto tan sucio. Los bombardeos con artillería pesada y aviación eran tan regulares que había noches que era imposible dormir en Osijek, Vinkovci o Karlovac. El inicio de la guerra de Bosnia en abril de 1992 lo viví con total indiferencia. Pero las noticias que llegaban desde Sarajevo eran cada día más alarmantes. Mi primer viaje a la capital bosnia coincidió con los peores bombardeos y los continuos ataques de los francotiradores.

 Empecé a trabajar en blanco y negro con una cámara sin motor. Esas  imágenes no se publicarían hasta mucho tiempo después en mi primer libro fotográfico, aparecido en diciembre de 1994, pero creo que son las que mejor explican el cerco de Sarajevo. En los siguientes años regresé a Sarajevo y Bosnia en múltiples ocasiones. En mi vida siempre habrá un antes y un después. Cada regreso coincidió con matanzas y promesas de la comunidad internacional que se volatilizaban con la misma facilidad que se producían nuevas víctimas.

 Al final de la década de los noventa Kosovo nos dio una nueva crónica de la deportación ante la inoperancia y el cinismo de los responsables políticos y diplomáticos europeos, incapaces de detener el terror en los Balcanes. Podríamos aplicarles a la mayoría de ellos el sarcasmo del escritor Jean Cocteau: Lo malo de nuestro tiempo no es la estupidez, pues siempre la ha habido; lo malo es que hoy la estupidez piensa”.

 ÁFRICA

“Muchas veces me han preguntado cuál ha sido la situación más horrible que he tenido que documentar. A pesar de que nunca me ha gustado comparar un conflicto con otro, he de reconocer que la cumbre del sufrimiento, mi particular corazón de las tinieblas, fue Goma durante la tragedia ruandesa del verano de 1994. Literalmente tuvimos que pisar cadáveres para movernos en los campos de refugiados. Los enfermos de cólera, disentería o malaria miraban a la cámara, agonizaban y morían. En tres disparos imprimías el tránsito entre la vida y la muerte. Podías elegir los muertos o esperar la mejor luz porque nadie se quejaba o te molestaba. Las imágenes de Goma supuraron mi conciencia y nunca dejaron de perseguirme en sueños. La década de los noventa fue permisiva con el dolor africano y lo convirtió en mediático. Las coberturas complejas en Burundi, Somalia, Sudán, Liberia y Sierra Leona se iban abriendo paso en las portadas de los diarios con sorprendente regularidad. Nunca se ha viajado ni se viajará a África con tanto entusiasmo empresarial como durante los años posteriores a la tragedia de Ruanda. Aunque el espejismo duró poco. Algunos no se habían olvidado de que África “vende poco”.

 Muchas de aquellas guerras eran protagonizadas por niños armados con fusiles de asalto siempre dispuestos a la venganza más cruel. Eran permisivos con los periodistas. No impedían presenciar ni filmar sus atrocidades. No eran conscientes del impacto que tendrían sus crímenes en las sociedades opulentas. Miles de niños también formaron las columnas vertebrales de los grupos armados sierraleoneses. A partir de 1999 muchos abandonaron las armas y comenzaron su rehabilitación social. Pronto destacó el programa dirigido por el misionero español Chema Caballero. Casi la mitad de los 6.845 niños soldado desarmados pasaron por su proyecto que tuvo un gran éxito. El misionero se enfrentó a quienes consideraban que estos niños eran culpables de sus crímenes y tenían que ser juzgados. El Consejo de Seguridad de la ONU adoptó una resolución en diciembre de 2000 que limitaba la  responsabilidad penal de los niños soldado, lo que cerraba las puertas a las acusaciones por crímenes de guerra.

 Los programas de desmovilización y reinserción excluyeron a un número elevado de niñas soldado. Las estadísticas hablan por sí solas: sólo un 5% de los menores desmovilizados fueron niñas. Muchas murieron víctimas de las violaciones o de los malos tratos”.

 VIDAS MINADAS

“Nunca imaginé que uno de los proyectos más importantes de toda mi vida profesional empezaría a partir de un encargo de una revista del corazón realizado en septiembre de 1995.. El dueño de un conocido grupo editorial me propuso elegir un país, el que quisiera, y escribir y fotografiar una historia de un niño mutilado por una mina.

 El elegido ya no era un niño tal como quería la revista del corazón aunque había sufrido la amputación de su pierna izquierda a los nueve años. Pensé que un adolescente de 16 años, la edad que tenía entonces el angoleño Adelino Chimoco, podía explicar con más argumentos el drama de las víctimas de las minas. Aquel viaje a Angola fue decisivo para dar un cambio radical a mi manera de plantearme el periodismo. Llevaba más de una década cubriendo conflictos armados al ritmo impuesto por la ruleta mediática. Una guerra aparecía y desaparecía de las portadas por arte de magia. Me parecía que los periodistas éramos utilizados por una maquinaria infernal que producía dramas que sólo se contaban superficialmente mientras duraba el primer impacto televisivo. Intermón Oxfam, Manos Unidas y Médicos sin Fronteras aceptaron financiar el proyecto sobre víctimas de las minas que realicé en siete países de cuatro continentes y que siempre contó con la colaboración especial de DKV Seguros. El 25 de noviembre de 1997 presenté por primera vez Vidas minadas, una semana antes de que 122  estados firmasen el 3 de diciembre la Convención sobre Prohibición, Uso, Almacenaje, Producción y Comercialización de Minas Antipersona y su Destrucción, más conocida como el Tratado de Ottawa”.

 DESAPARECIDOS

“La primera vez que me enfrenté a la desaparición forzosa tenía 23 años y estaba estudiando cuarto de Periodismo. Era enero de 1983 y acababa de integrarme en un equipo de adopción de Amnistía Internacional. El responsable del grupo me ofreció leer dos informes sobre las violaciones de los derechos humanos en Guatemala y El Salvador y resumirlos al resto de mis compañeros. Antes de su lectura pensaba que los seres humanos no podían ser tan crueles con sus semejantes y que debía existir un límite para la violencia.

 Durante mis años latinoamericanos realicé muchas incursiones en el drama de los desaparecidos. Pronto descubrí que los informes más duros sólo reflejaban una parte de la atroz realidad. En la mayoría de los casos los desaparecidos eran varones, algunos menores de edad, y las mujeres, especialmente madres, esposas e hijas, encabezaban las luchas emprendidas por los familiares para conseguir que se impusiera la memoria, la verdad y la justicia.

 La elaboración de Desaparecidos ha sido menos satisfactoria que Vidas minadas. Los mutilados por minas antipersona sobrevivieron a las explosiones y sus evoluciones han sido un ejemplo de pundonor. Es bello ver y sentir cómo la angustia da paso a la esperanza o cómo los gritos de dolor en los hospitales se sustituyen por escenas cotidianas de gran belleza y dignidad.

 En cambio, buscar a tus seres queridos durante años o décadas convierte la  vida cotidiana en una pesadilla permanente. La obsesión por encontrar al hijo, al marido o al padre entorpece las relaciones con otros seres queridos y facilita el camino hacia la desesperación y la angustia. El reencuentro con los restos exhumados e identificados no cierra el duelo aunque alivia la tensión vivida”.